domingo, 20 de octubre de 2013

La oración como soporte de la constancia de la fe. Domingo 29° Tiempo Ordinario

En Lc. 18, 1-8 la escena de la viuda indefensa que vence la apatía, desinterés y falta de equidad de un juez injusto e impío, es decir, que ni teme a Dios ni a los hombres, es una advertencia a la comunidad cristiana, a la Iglesia de todos los tiempos, acerca de la necesidad de perseverar en la oración a Dios ante las vicisitudes de la vida, ante las tribulaciones y dificultades que conlleva vivir en la fe, vivir desde una fe. Si no se ora, no se alcanza la implementación histórica de la justicia.
Jesús cuenta la parábola del juez injusto – (Lc 18,2-5) – para enseñar a sus discípulos la actitud con la cual mantener el ejercicio orante a lo largo de la vida. A rezar, ya les había enseñado tal como escuchábamos semanas atrás cuando les entrega el Padrenuestro en Lc 11,1-13. Dicha actitud será la de orar con insistencia, con persistencia, sin desalentarse. 
Si anteriormente, Jesús les había mostrado a sus discípulos, a quién orar y desde qué perspectiva, es decir, se ora a Dios reconocido como Padre y se ora como hijo que habla con plena confianza a su Padre y le expone su vida con la sencillez de quien se sabe necesitado de todo en todo tiempo. Ahora se trata de orar desde una consistencia de dedicación y de abandono en los tiempos y modos con los que Dios elige escucharnos y atendernos.
Dios hará justicia a sus hijos y les escuchará todo aquello que pidamos en sintonía con su corazón y con el destino final de nuestra existencia en sus brazos. Sentimos que Dios nonos escucha no porque no le interese nuestra situación, sino porque probablemente, consideramos como bienes o situaciones necesarias, realidades que en realidad, ni nos harían mejorar como personas ni como sociedad.
Dios, porque es Padre y ama sin interrupciones, ni según estados de buen o mal humor, persiste permanentemente en la actitud de benevolencia hacia cada persona sin distinguir raza, religión o condición social. Porque la fe supone una relación existencial con Dios en quien me confío plenamente porque reconozco que dicha confianza es la que sostiene mi vida desde su inicio gratuito hasta su entrega responsable, lo menos sería que me preguntase de qué modo me quiere Dios que logre ser feliz o que alcance mi plenitud humana.



La justicia con la Dios obra el bien que le pedimos para nuestra vida, no puede contrariar jamás su designio de amarnos en su Hijo y en la escuela de su Hijo Jesucristo. Lo mínimo es que cuando le pedimos a Dios lo que fuere, se relacione con el seguimiento de su Hijo Jesús.
Bajo el influjo de la sociedad del consumo y del bienestar, si mis solicitudes de placeres o de seguridades, tienen que ver más con la vanidad de la vida en vez que con la serenidad de una vida orientada al servicio, entonces es probable que mis pedidos a Dios aparezcan como no escuchados.
además, al orar con insistencia, se afirma el acto de fe en la Providencia de Dios sobre la globalidad de mi vida y todas sus etapas. Dios es Padre no para tapar los agujeros del sin sentido de alguna jornada de mi vida, es Padre todos los instantes de mi vida y acudir a Él solo por minutos o en circunstancias graves porque todo me va mal, atestigua de mi poca fe. Es decir, que ordinariamente, vivo desde múltiples y distintos criterios cuando no ajenos, al querer de quien me quier como Padre ahora y siempre.
"Para inculcar la oración permanente en sus discípulos Jesús les narró la parábola del injusto juez y la viuda impertinente. Ya les había enseñado a orar, a petición, precisamente, de uno de ellos. Ahora les enseña que rezar no debe ser una ocupación ocasional, sino un quehacer continuo… y gozoso. " (Cf. J.J. Bartolomé, Lectio Divina Domingo 29°)
La oración insistente no conoce brevedad, es continua. Los momentos de oración donde recito oraciones, son espacios concentrados de atención a Dios y de escucha de su Palabra para que entre a formar parte de mi vida... y de su agenda!
Se trata de permanecer ante su Presencia y sintonizar con la globalidad de sentido de su oferta de filiación divina en su Hijo Jesús y por medio de Él y con Él. Gasta tiempo como María en estar a los p ies de Jesús eligiendo la parte mejor, la de entrever el sentido de mi vida en la relación más excelente de amor que me pueda ocurrir. Entonces, la actividad y la toma de decisiones hacia afuera, hacia el despliegue de la propia energía y la atención de los demás, -como Martha- se verá perennemente iluminada y orientada sin ofuscaciones, sin desencantos, ni amarguras.
La fe supone una experiencia de la plenitud de pertenecer a Dios y que Dios en Jesucristo, sí puede y sí quiere intervenir en la historia personal y colectiva para hacer que se actúe su voluntad de salvación en cada persona y en cada pueblo.
Esta fe es interpelada por todo momento cultural que pasa la historia de los hombres, por ello, es necesario permanecer en estado de alerta interior cultivando un espíritu de oración, que permite que viva cada circunstancia en la Presencia de Dios y juzgue con sabiduría desde dicha Presencia y desde su inspiración.
Si orar, es solo repetir palabras con cierta prisa, o participar de una Eucaristía que no dure más de 45 minutos; podemos comprender por qué nos cansamos de orar y por qué aparentemente no me siento escuchado por Dios. Al no transcurrir en su Presencia no aprendo a pedirle lo que resulta realmente necesario para que viva en este mundo mientras me preparo a volver a Él.
Al transcurrir más y mejor tiempo con Él, aprendo a distinguir lo necesario e importante de lo urgente y darle sentido  a la propia vida superando la frivolidad, la banalidad de los placeres y descubriendo la necesidad de abrir el horizonte del propio corazón a la solicitud de la justicia para todos y la superación de los grandes desafíos de equidad y de respeto a la vida y a la familia que nuestro tiempo reclama.
Oremos con espíritu de hijos, oremos con la certeza de que el compromiso personal por vivir en equidad, justicia y servicio, es ya una garantía de vivir como escuchando al Señor que nos llama.



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