En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros se tambalearán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación. Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del hombre.»
Hemos comenzado el Adviento y renovamos el Año Litúrgico. Ésta es nuestra verdadera Fiesta de Año Nuevo como cristianos que celebramos a Jesucristo presente en la celebración litúrgica de la Palabra, de la Eucaristía y de los Sacramentos en general.
Él nos ha acompañado durante todo el Año pasado iluminando y sugiriéndonos caminos de fidelidad, de discipulado ante las solicitudes de la vanagloria, del egoísmo o del desamor que se mezclan a lo largo de nuestras jornadas durante todo un año.
Él no deja de proponerse como Palabra de Vida eterna para quien quiere madurar en un amor íntegro y capaz de fecundidad. Por eso se hace niño y nos habla con palabras y con ejemplos que podamos entender.
Nuestra verdadera vida en Dios pasa por el retorno a la humildad señada por la verdad de cada uno en lo que tiene de bueno y de perfectible. Humildad que admite la necesidad de contar con Dios y con su Proyecto en la propia vida sin rebeldías ni pretensiones arrogantes. Humildad para obedecer y confiarse ante un Dios que es verdaderamente Padre y nunca capataz o patrón.
Humildad para reconocer que encontrar Su Mano extendida haciami vida nunca me humilla y siempre me libera y me prueba a horizontes que superan lo esperado en esta historia.
Dios nos ama tanto más que su mismo Hijo -Jesucristo- lleva nuestra sangre, y palpita con un corazón como el nuestro.
Bendiciones queridos amigos y amigas.
Él nos ha acompañado durante todo el Año pasado iluminando y sugiriéndonos caminos de fidelidad, de discipulado ante las solicitudes de la vanagloria, del egoísmo o del desamor que se mezclan a lo largo de nuestras jornadas durante todo un año.
Él no deja de proponerse como Palabra de Vida eterna para quien quiere madurar en un amor íntegro y capaz de fecundidad. Por eso se hace niño y nos habla con palabras y con ejemplos que podamos entender.
Nuestra verdadera vida en Dios pasa por el retorno a la humildad señada por la verdad de cada uno en lo que tiene de bueno y de perfectible. Humildad que admite la necesidad de contar con Dios y con su Proyecto en la propia vida sin rebeldías ni pretensiones arrogantes. Humildad para obedecer y confiarse ante un Dios que es verdaderamente Padre y nunca capataz o patrón.
Humildad para reconocer que encontrar Su Mano extendida haciami vida nunca me humilla y siempre me libera y me prueba a horizontes que superan lo esperado en esta historia.
Dios nos ama tanto más que su mismo Hijo -Jesucristo- lleva nuestra sangre, y palpita con un corazón como el nuestro.
Bendiciones queridos amigos y amigas.
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